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La soledad del gato negro
Allí estaba el pobre gato negro, mirando al mar como si estuviera extasiado con la imagen de la puesta de sol. Nada parecía distraerle; nada se interponía entre sus sentidos y la realidad que le rodeaba.
Dos jóvenes entraron a la pequeña plaza trastabillándose debido a lo bebidos que estaban. Uno se percató del gato, que no había cambiado su actitud a pesar de los ruidosos visitantes. Como si en su estado pudiera ser sigiloso, se acercó despacio hacia el felino, a la vez que cogía una piedra del suelo. Tuve el instante preciso de reaccionar cuando estaba preparando el brazo para tirar la piedra al minino. "¡Eh, qué haces!", grité y se detuvo sorprendido. "¿Yo? Na… na… nada". Balbuceó y abriendo la mano dejó caer el proyectil mineral. Agarró por el hombro a su amigo que estaba devolviendo en una papelera y se marcharon del lugar.
Realmente la vista era preciosa. Acercándome muy despacio, sin intención de molestar a mi acompañante, me senté mirando, como él, la inmensidad de agua oceánica, donde se reflejaba la luz de un sol declinar. Me miró, me consta, unos segundos, pocos, en los que yo me había también extasiado.
El sol por fin se escondió y la noche empezó a entrar en la pequeña plaza, apagado ya el foco que la iluminaba. El micho descendió del pequeño altozano en el árbol y se dirigió hacia mí. Rozó su lomo en mi pierna varias veces; luego se me quedó mirando, como si tuviera intención de hablarme, y solo dio un pequeño maullido. Continuó un rato más rozándose; intenté y conseguí acariciarlo sin el más mínimo reproche por su parte. Volvió a dedicarme otro pequeño maullido, mirándome directamente a los ojos, y creí ver un gracias descrito en su cara como en una mueca de sonrisa.
Cuando se alejaba de la plaza a por su cena, supongo, entró en el recinto una madre con dos hijos pequeños. El mayorcito, dos a tres años, al ver a mi nuevo amigo, exclamó: "Un miau, mama", y alargó la mano para acariciarlo; el gato se paró, pero ni se inmutó. "Deja, que los gatos negros traen mala suerte", le dijo la madre. Y asiéndole la mano se alejaron de allí como si fueran a ser contagiados.
No sufrí desgracia alguna por cruzarme con un gato negro y dejarle que me ronroneara acariciándose contra mí. Toda la responsabilidad de mi "mala suerte", la tuvieron y la tienen siempre animales de dos patas que se llaman humanos.
Enrique del Álamo
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